México opera dos reactores nucleares con una capacidad de 820 MW cada uno, que aportan cerca del 3% de su matriz de generación eléctrica total. Al mismo tiempo, alrededor del 70% de la electricidad del país se produce con gas natural, importado en su mayoría desde Estados Unidos. Esa combinación —baja diversificación y alta dependencia de un insumo extranjero— fue el diagnóstico central del foro «México y su Incrucijada Energética», celebrado en el Senado de la República.
En el evento participaron Francisco Barnés, exrector de la UNAM, y Rosanety Barrios, cofundadora de la Asociación Voz Experta, quienes abordaron los temas de hidrocarburos y electricidad respectivamente. El foro también incluyó ponencias sobre proyectos de Hidrógeno Verde y el concepto PowerToX —conversión de energía limpia en vectores como metanol o amoniaco— como alternativas para diversificar la matriz.
El contraste con Francia es elocuente. En 1972, ese país generaba electricidad con gas natural y energía nuclear en proporciones similares. Tras la crisis del petróleo de 1973, el gobierno instrumentó el Plan Messmer, que llevó a construir 50 reactores en 15 años. Hoy Francia opera 57 reactores en 18 centrales nucleares, que cubren cerca del 70% de su demanda eléctrica para una población de 70 millones de habitantes.
México inició la generación nuclear comercial en 1989 y no ha expandido esa capacidad desde entonces. Entre los factores que explican el rezago figuran los altos costos de inversión inicial, decisiones políticas y ambientales, la dependencia de tecnología extranjera y la firma del Tratado de Tlatelolco en 1967, por el que México renunció al desarrollo de armamento nuclear. Los accidentes de Chernobyl y Fukushima también pesaron en la percepción pública.
El debate ahora apunta a los reactores modulares pequeños (SMR, por sus siglas en inglés). Cada unidad genera hasta 300 MW, ocupa una fracción del espacio de una central tradicional y puede instalarse en zonas remotas o no conectadas a la red nacional. La inversión inicial es menor y la capacidad se amplía por módulos conforme crece la demanda. En Estados Unidos, la empresa Elementl Power anunció la construcción de una central nuclear de 1.5 GW en Ohio que incluye este tipo de reactores.
Los SMR también permiten producir hidrógeno de bajas emisiones de carbono —denominado hidrógeno rosa— lo que los conecta directamente con las metas de descarbonización industrial que enfrentan tanto empresas privadas como Pemex y CFE.
Lectura editorial. La encrucijada energética de México no es un accidente: es el resultado acumulado de décadas de política de Estado que privilegió la dependencia sobre la soberanía. Cuando el 70% de la electricidad depende de gas importado, cualquier tensión comercial con Washington se convierte en un riesgo sistémico para la competitividad industrial y para el T-MEC 2.0. La energía nuclear —especialmente en formato modular— ofrece lo que el libre mercado exige de cualquier activo estratégico: previsibilidad de costos, baja huella regulatoria de largo plazo y retorno escalable. El capital privado ya encontró ese camino en Ohio. La pregunta es si el aparato estatal mexicano dejará de estorbar antes de que la próxima crisis energética obligue la decisión.



